Hace
un par de semanas tras mi último encuentro con (la) Esperanza, hice
un descubrimiento muy doloroso sobre mi misma: mi falta de espacio y
como lo cedí y lo dejé ir con el paso de los años.
Siempre
he sido de la opinión que buena parte de lo que somos se debe al
ambiente en el que hemos vivido y a la educación que hemos recibido,
tanto de la familia como de la sociedad en la que hemos nacido. Se
podría decir, desde mi punto de vista, que un 10% de la personalidad
viene dada por unas habilidades, aptitudes, actitudes y
potencialidades con las que hemos nacido y el otro 90% restante lo
conforma el hecho de que, la esencia con la que hemos nacido se
desarrolle en mayor o menos medida, según las adversidades,
entorno, ambiente y circunstancias que hemos vivido a través de
nuestra familia y nuestro proceso de socialización.
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Fuente: Morguefile |
Desde
que nacemos, dentro de nuestra familia, tenemos un rol específico
que nos ha sido asignado o que muchas veces nos hemos colgado
nosotros. Puede que nos identifiquemos con el rol, puede que no,
puede que vayamos aceptándolo, puede que no, puede que nos marquemos
otro distinto, puede que no... Todo encierra cierta dualidad y lugar
a discusión y discernimiento según la opinión personal. Lo que
está claro es que, en mi caso, una parte de mi personalidad se creyó
y se identificó con ese rol impuesto y otra no, pero jamás escuché
a la que se negó (hasta hace cuestión de unos años atrás... pero
el daño ya estaba hecho...)
El
rol viene con un espacio, un espacio que se materializa dentro de
nuestra casa. Hay una parte de nuestra casa que cada persona siente
como “SUYA” y es en esa parte en la que se siente cómoda. Es su
parte favorita de la casa, es donde se relaja, es su paraíso
personal. El lugar al que acudimos a refugiarnos cuando algo no nos
sale bien, el lugar donde pensamos, el lugar donde refrescamos
nuestro espíritu.
El
problema está cuando tu espacio es la ausencia de espacio. ¿Qué
pasa cuando no hay un lugar perfectamente definido, por muy pequeño
que sea, que sientas como propio, como tu territorio personal e
intransferible? Pues bien... ese fue mi gran y doloroso
descubrimiento. Mi falta de espacio único e intransferible dentro de
mi hogar. No hay ninguna habitación en la casa que sea MÍA, que
contenga SOLAMENTE MIS COSAS. Todos y cada uno de los espacios que
pensaba que eran míos a lo largo de los años, han estado
compartidos. Incluso compartiendo, mi mitad de la habitación no era
sólo mía. También esa mitad tenía cosas de otra persona.
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Fuente: Morguefile |
Dentro
de la Antropología se ha estudiado la distancia entre las personas
cuando interaccionan entre sí. Esto se conoce como Proxémica o
Espacio personal. Por lo tanto, el que desde pequeños contemos con
un espacio en el que establecer ciertos límites de interactuación
con los demás miembros de la familia, también marcará los límites
dentro de los cuales nos moveremos en nuestro espacio personal a la
hora de relacionarnos con los demás fuera del entorno familiar.
Además, el contar con este espacio en nuestro hogar, se creará un
apego a nuestras raíces, a donde procedemos, una identificación,
quienes somos... que evolucionará en un desapego positivo cuando
llegue el momento de establecernos de forma independiente. El que
previamente hayamos tenido nuestro microuniverso personal contenido
en un espacio de la casa, nos permitirá recrear con mayor facilidad
ese universo, que no es más que el reflejo de nuestra esencia más
pura, en otro lugar y quizás, si es posible, expandirlo.
No
obstante, cuando no se cuenta con este espacio personal en el que
podemos ser nosotros mismo y refugiarnos cuando lo necesitemos, lo
que se producirá será una sensación de desarraigo porque es como
si nuestro rol o papel en la familia no estuviera claramente
definido. Sin un lugar propio es como si no fuéramos del todo
miembros de la familia. ¿A quién no le gusta tener sus cosas como
siempre las hemos querido tener?, ¿quién no busca ese lugar donde
estar sin que nadie lo moleste? Todos necesitamos esa pequeña
fortaleza en la que erigirnos reyes o reinas de nuestra vida.
Al
descubrir que durante años he cedido mi espacio vital a otros
miembros de mi familia, compartiendo siempre ese lugar que creía
mío, me he dado cuenta de muchas cosas dentro de mis relaciones con
los demás. Haciendo introspección y recordando los años vivido, me
he dado cuenta que no sólo he dejado que los demás hayan entrado a
tomar como propio mi espacio físico, sino también mi espacio
íntimo. En mis relaciones con los demás, siempre lo he contado
todo, lo he compartido todo y lo he dado todo porque sentía que era
mi deber para con los demás. Pensaba (hasta no hace mucho) que tener
secretos era negativo, así que... nunca ha habido una parte de mi que los
demás no conocieran. Si no es uno, es otro, pero alguien sabe más de
mi de lo que a mi me gustaría y es, simplemente, porque yo le he ido
cediendo mi espacio y la otra persona se ha ido expandiendo.
El
tema es que... aquí es cuando también entra en juego la esencia que
conforma ese 10% de nuestra personalidad y como esa parte que no está
de acuerdo (y a la que a veces finjo hacer oídos sordos) se
manifiesta en forma de ansiedad, apatía, tristeza, angustia... ya
que ve que continuo siendo como no quiero ser. Cuando llega este
momento, es cuando el reclamar espacio vital es más que una
necesidad y me lo tomo, pero quizás no de la mejor forma. A
falta de tener un espacio físico y harta de que los demás se
expandan dentro de mi espacio vital, me aíslo. Me voy, desaparezco,
me vuelvo antisocial, no quedo, no quiero ver a nadie, la compañía
de los demás me molesta y me irrita, contesto mal, estoy susceptible
e irascible... y un largo etcétera de un montón de cosas que os
podéis imaginar.
Así
que... así estoy ahora. Viviendo en modo huraño, hasta encontrar el
camino que me lleve de nuevo al medio (aunque intuyo que tendrá que
ver con crear ese minúsculo espacio que sea mío dentro de mi
casa... algo no tan fácil pero no imposible...)
Gracias por leerme. Bikos